Por Marcelo Torres (Diciembre de 2008)

“…la realidad jamás estuvo a la altura de lo que el sueño americano dejaba esperar.
¡Pero nosotros comenzamos a despertarnos!”
Paul Krugman

Una extraordinaria combinación de circunstancias

or más que estuviese anunciada, la elección de Barak Obama presidente de los Estados Unidos no resulta obvia. Tiene que llamar poderosamente la atención que ganara un candidato como él, que aunque con estrella ascendente -brillante abogado de Harvard, senador por Illinois-, estaba manifiestamente en desventaja frente a sus adversarios, Hillary, la gran dama del poder, y McCain, héroe de guerra, desventaja que en un país con un fuerte ingrediente histórico racista aparecía, por añadidura, reforzada por el color negro de su piel. Se enfrentó a dos de los valores más fuertemente influyentes en la sociedad norteamericana, el culto a las grandes celebridades y al patrioterismo guerrero; Obama venció a ambos, ¿a qué se debió su triunfo? No hay duda que algo especial sucede en Norteamérica. Hechos extraordinarios; algunos a la vista y otros que no lo están tanto pero con efectos de gran alcance. El estallido de la burbuja hipotecaria, que empujó a Estados Unidos a la peor recesión desde 1929, hizo de catalizador vertiginoso sobre la manera en que los norteamericanos perciben su país y su propia situación como ciudadanos de este. El repudio a la administración Bush, “el gobierno más impopular de la historia de Estados Unidos”, como se le identifica casi unánimemente por sus ejecutorias tanto en el frente interno como en el internacional. La guerra contra Irak, país del que ahora se sabe que nunca hubo pruebas reales sobre la existencia de armas de destrucción masiva. El carrusel de escándalos de corrupción de las corporaciones, varias ligadas a las preferencias e intereses del círculo del presidente Bush, que delataron ante todo el mundo su “capitalismo de amiguetes” como lo describió un notable crítico. La alarma creciente por el calentamiento global y el creciente activismo contra sus causas. El salvavidas billonario arrojado a los magnates del capital bancario y financiero para rescatarlos de la crisis que sobrevino con el estallido de la burbuja hipotecaria, medida jamás concebida ante las afugias de millones de entrampados deudores o perdedores de viviendas. Y otros sucesos más de una lista no breve, cuyo trasfondo es la reaparición del cuestionamiento del régimen social capitalista o por lo menos de su modélica versión de las últimas décadas, el neoliberalismo, para generar prosperidad y bienestar. Todo ello agudizó la conciencia pública norteamericana, que estaba, es el quid del asunto, preparada para recibir a Obama; este llegó en un momento especialmente sensible de esta, y la recogió y expresó. Para empezar, esa conjunción de circunstancias fue lo que hizo posible su elección.

El contraste entre los programas favoreció a Obama

Para cuando las elecciones norteamericanas entraron en su fase final, después de las convenciones demócrata y republicana, la recesión económica de Estados Unidos alcanzaba su momento culminante y el grueso de los estadounidenses era consciente de que su nivel de vida se erosionaba y de la necesidad de un cambio. Por ello, desde el comienzo, el tema de la economía estuvo en el primer lugar de las elecciones presidenciales y favoreció enormemente la candidatura de Obama. Por ello mismo las expectativas de cambio no podían reflejarse en una figura tan identificada con el establecimiento norteamericano como la ex primera dama Clinton, “la bruja del poder”, como terminó llamándosele en la refriega con Obama por la candidatura demócrata. Mucho menos en un McCain, quien no pudo evitar que se le identificase con el continuismo, pese a sus esfuerzos, vanos todos, por diferenciarse de Bush y por más que apareciera como la encarnación de esa firmeza en materia de defensa nacional y política exterior que la sabiduría convencional norteamericana atribuye a los republicanos.

En el candente tema de la crisis económica desatada por la burbuja hipotecaria, tanto McCain como Obama apoyaron el rescate de los setecientos mil millones de dólares lanzado por la administración Bush al sector financiero, pero el afroamericano lo hizo con la reserva de que no todo el salvavidas fuese a las arcas de la aristocracia financiera y algo se destinase a renglones que, como la industria automovilística, corresponden a la actividad productiva, visiblemente ralentizada bajo el largo reinado de la especulación financiera. Aquí, tanto como en la renuencia demócrata a los TLC, asoma fuerte el eco del grueso de la clase obrera norteamericana, en defensa de sus empleos y nivel de vida, en el partido demócrata.

Bajo la lente crítica de los norteamericanos frente a lo que ya se había aplicado y fracasado en la ultraconservadora administración Bush, el contraste entre las propuestas de Obama y McCain no sólo era ostensible sino que claramente favorecía al primero. En materia de impuestos, el ex combatiente de Vietnam proponía mantener la vieja política reaganiana de bajos impuestos a los sectores más adinerados, acaramelando la píldora con la vaga promesa de “recortar impuestos a la clase media trabajadora” mientras blandía, como mazo protector de las grandes corporaciones, el proyecto de lograr que sólo con una mayoría de 3/5 en el Congreso se pudiera incrementar tributos. En cambio, el ex trabajador social de los barrios negros de Chicago planteó suprimir las reducciones de impuestos que el gobierno Bush otorgó a aquellos que tienen ingresos por arriba de los $250,000 dólares, suprimir las reducciones fiscales vigentes para los ingresos derivados de la venta de acciones y dividendos, además de un incremento en los impuestos sobre las ganancias del capital hasta del 28 por ciento1. También incluía un recorte de impuestos de $80 mil millones de dólares a través de un crédito de $1000 dólares por familia, amén de la eliminación de impuestos a trabajadores en edad avanzada con ingresos menores a los 50 mil dólares2.

En el neurálgico asunto de empleos, capacidad adquisitiva y salarios, mientras que McCain apenas se refería al punto, pero defendía los impopulares TLC, Obama defendió las inversiones en la industria dentro de Estados Unidos, algo especialmente grato a los trabajadores norteamericanos, golpeados por la política de las grandes multinacionales de canalizar inversiones en países de mano de obra muy barata en detrimento de los empleos en Norteamérica. Propuso grandes proyectos para reparar y mejorar la infraestructura de Estados Unidos. Invertir en áreas rurales y en las empresas pequeñas. Elevar el salario mínimo. Y crear un crédito universal hipotecario.

En uno de los problemas más serios de la sociedad norteamericana, la salud pública, el hijo y nieto de almirantes de la Marina norteamericana planteó la vieja fórmula neoliberal de “financiar la demanda” en los servicios públicos: partiendo de oponerse a ofrecer una cobertura federal universal, proveer a los ciudadanos que no derivan su seguro de salud del empleo, de créditos fiscales para un seguro de gastos de salud y rebajar los costos de la atención médica mediante impulso a la competencia entre los proveedores. En cambio, el hijo del inmigrante keniano propuso, sobre la base de ahorrar en otras partidas públicas, costear los 115.000 millones de dólares al año del seguro médico de 47 millones de norteamericanos que carecen de este3. Cobertura médica para todos los niños y obligatoriedad para todos los empleadores de contribuir a los costos del seguro médico de sus empleados. Los estadounidenses que no tengan seguro médico a través de su empleo podrían, planteó, elegir opciones dentro de un programa de seguro nacional que comprendería distintos planes públicos y privados del gobierno. Demandó que los proveedores de la atención médica den a conocer públicamente sus gastos.

En relación con la educación, el planteamiento de McCain, como en salud, confió a la “libre competencia” la suerte de tan esenciales servicios. Las escuelas deberían competir entre sí para atraer a sus estudiantes y a los mejores maestros y recompensarles en función de su desempeño. Así los estudiantes tendrían la opción de cambiarse a las mejores escuelas. A su vez, el gobierno federal castigaría a las escuelas que fracasan retirándole los fondos que se conceden a estas. Obama propuso aumentar los fondos del programa “Que ningún niño se quede atrás” y hacer de la educación en matemáticas y ciencias una prioridad nacional. Con la finalidad de contratar a los mejores maestros, Obama planteó conceder becas de cuatro años de duración a estudiantes universitarios, a cambio de que trabajen como maestros durante al menos cuatro años después de obtener su titulación. También, prometió implantar un crédito tributario de 4.000 dólares para quienes asisten a la universidad.

Respecto del estratégico problema de la energía, McCain, al tiempo que propugnó un mayor uso de la energía nuclear y la intensificación de las prospecciones petrolíferas costeras formuló un plan para reducir las importaciones de petróleo y reforzar la investigación y desarrollo de energías alternativas.

Por su lado, Obama anunció que invertiría en nuevas tecnologías de energías alternativas, aceleraría su comercialización y las aprovecharía para crear puestos de trabajo4. Dio su apoyo a proyectos de ley sobre conversión de carbón a líquidos, que motivó críticas de expertos porque esta tecnología emite más dióxido de carbono que la gasolina. Apoyó el uso de más energía nuclear siempre y cuando sea segura y los desechos se almacenen también de forma segura, y destacó que la energía nuclear no produce dióxido de carbono.

Promotor de una política exterior agresiva y de fuerte “defensa nacional”, McCain apoyó la decisión de invadir Irak en 2003. Defensor temprano del aumento de tropas estadounidenses en Irak en 2007, McCain aboga fuertemente por el mantenimiento de una presencia militar estadounidense en Iraq y Afganistán hasta nueva orden y por la continuidad de la cruzada contra el terrorismo internacional. Aunque Obama es partidario de reforzar la presencia militar norteamericana en Afganistán, e incluso de su acción unilateral en Pakistán en persecución de Osama Bin Laden, está por la retirada gradual de las tropas de combate de Irak y del cierre de la prisión de la bahía de Guantánamo5. Pero frente a la cuestión de los inmigrantes, a diferencia de McCain que subordina cualquier respuesta a la satisfacción de la Seguridad nacional norteamericana –simbolizada en la infame muralla de la frontera con México-, Obama plantea que “hay que sacar de la sombra a los inmigrantes ilegales”.

Trabajadores y fuerzas progresistas celebran derrota de la línea republicana del imperio

Hacer retroceder o entrabar la política más regresiva, agresora y con ribetes visiblemente fascistas del imperio, así como echar atrás el modelo económico neoliberal y la ideología del mercado libre, ambas cosas distintivas de la administración Bush, defendida en sus líneas gruesas por McCain, coincide con los intereses de los trabajadores y las fuerzas democráticas de Estados Unidos y del mundo entero. Una opción frente a la cual no cabían la indiferencia ni la pasividad de las fuerzas del trabajo y la democracia en Estados Unidos y en el mundo entero. Renunciar a ayudar a la opinión pública mayoritaria de Estados Unidos representada en Obama a enterrar la actual línea republicana del imperio, cuando han surgido condiciones para ello, sería como haberse negado a ayudar a las fuerzas comandadas por Roosevelt y Churchill a derrotar a Hitler con el argumento de que ambos eran imperialistas. Damos por descontado que quienes desempeñan la presidencia de los Estados Unidos forman parte de un engranaje político y económico social al que no pueden sustraerse, pero limitar la política a este reconocimiento sería reducirla a una simpleza que volvería superfluo definir una posición ante cada administración del imperio y la táctica en cada momento concreto. Muy por el contrario, para los intereses de las mayorías del mundo importa mucho quién desempeñe el primer cargo de la superpotencia. No fue lo mismo Nixon que Carter. No daba igual Theodore Roosevelt que Franklin D. Roosevelt, ni Johnson que Kennedy. La premisa de que bajo el alar del imperialismo reina una noche en que todos los gatos son pardos no corresponde a una táctica sino a un adefesio, a “una puerilidad propia de intelectuales y no una táctica seria propia de la clase revolucionaria”6. Pues ¿cómo puede llamarse táctica, de los obreros y de los demás sectores progresivos, una línea de acción que se niega a contribuir a un viraje, a la creación de una nueva situación que debilita, que mella la ofensiva de las fuerzas más agresivas del enemigo?

Lo que pueden ganar con la elección de Obama los pueblos de las naciones no desarrolladas, como los obreros norteamericanos y de los demás países industrializados, es una suerte de tregua frente al embate neoliberal, un respiro para reconquistar el terreno perdido y reorganizar las fuerzas propias, una fase de preparación para proseguir la marcha. Desdeñar la perspectiva de esta ventaja temporal, por modesta que pueda resultar, es ignorar deliberadamente que tras el prolongado período de devastación y castigo a que han estado sometidas las filas de los trabajadores y aún de las capas medias en Estados Unidos y en todo el mundo, es vital un lapso de reparación de las energías. Proclamar la imposibilidad de Obama para cambiar la naturaleza del imperialismo o para contrariar de raíz su política no pasa de escudar la incapacidad para adoptar la política práctica que aconsejan las circunstancias mundiales tras un cartillazo pedante e inservible. A tan típica actitud del “izquierdismo” puede replicarse con aquella sabia máxima: “¡no hagáis recaer sobre las masas vuestro propio doctrinarismo!”7 Desde luego que escapa a las posibilidades de cualquier presidente norteamericano poder alterar, para no hablar de suprimir, la naturaleza del imperialismo estadounidense desde el primer cargo de la Casa Blanca, asunto que no es materia de esta discusión. Obama no es contrario al capitalismo como régimen social ni a la relación básica imperialista de Estados Unidos con otros países pero ha planteado reparos al neoliberalismo y a los aspectos fascistoides de la política interior y exterior de Bush. Lo que sí amerita una crítica de fondo es si los trabajadores y el pueblo norteamericano, surgidas las condiciones propicias, debían dejar pasar el momento de propinar una formidable derrota a los artífices de la política de Washington de la “guerra preventiva” y del apogeo del neoliberalismo. O si, a la inversa, debían refrendar su derecho a respaldar a una u otra facción de la democracia burguesa contra la más peligrosa y reaccionaria. Tal como la justa táctica aconsejada en 1920 a los obreros ingleses: “…ayudar a Henderson o a Snowden a vencer a Lloyd George y a Churchill”8, es decir, a los laboristas contra los liberales y conservadores.

Efectos de la crisis mundial y de la elección de Obama para Colombia

De un lado, la extensión y profundización de la crisis económica global golpeará a los países de la periferia, y particularmente a Colombia. La reducción de sus ingresos por exportaciones por la contracción de los principales mercados mundiales, el aumento del precio del dólar que subirá los precios de las importaciones y el monto de la deuda externa, son todos factores que tenderán a acentuar el desempleo, la pobreza y la miseria. Pero por otra parte, la crisis económica mundial y sus efectos políticos implican un notable incremento de las dificultades para la continuidad del régimen uribista y su consolidación. La elección de Barak Obama, en cuanto revés para la línea republicana del imperio, pone de presente que el gobierno Uribe no gozará del mismo respaldo de Washington en asuntos crucialmente negativos para Colombia como la continuación y profundización del modelo neoliberal y el avance del proyecto paramilitar. El progresivo hundimiento del modelo neoliberal a nivel internacional constituirá un medio ambiente ideológico y político favorable para el debate contra la política neoliberal no sólo para oponerse a sus nuevas medidas sino para la preparación del terreno que permita reversar sus nefastas devastaciones económico-sociales. La opinión democrática nacional e internacional arreciará su crítica sobre los desafueros del régimen uribista contra las víctimas del conflicto, los derechos democráticos y la democracia en general. Los relevos en el Ejército por los “falsos positivos”, el repudio nacional e internacional por la negativa oficial a apoyar una genuina ley de resarcimiento a las víctimas del conflicto armado, el descrédito oficial por los escándalos de las “pirámides” que revelaron la falta efectiva de controles y la indolencia del gobierno, como las dificultades para llevar adelante los planes de la segunda reelección, manifiestan las grandes dificultades que enfrenta el gobierno Uribe y la actitud a la defensiva que obligadamente ha tenido que asumir en varios frentes. Son prueba palmaria de que los acontecimientos mundiales han influido en buena medida en el agravamiento de sus problemas. Los colombianos avanzados y amantes del progreso del país sabremos aprovecharlos

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